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Revista Extramuros, Número 29-30

2003

Revista Extramuros

Número 29-30

DE(S)APARICIONES

PEDRO J. DE LA PEÑA

DE(S)APARICIONES

Ediciones Libertarias, Poesía.1994

Lo miré a los ojos. Una cálida madrugada en el aterrador desierto del aeropuerto de Valencia, entre risas y emociones, charlaba con un viejo amigo, mientras yo, poco ingenua y más antártica que nunca, olfateaba entre anónimos, emprendiendo mi viaje y aventura por tierras orientales de dátiles y suspiros. De(S)aparecido del mundo, y Aparecido en medio del verso más increíble, encontré al poeta en el año 1994 cubierto de una chistera negra a modo de enorme tejado protegiendo los azules que estremecían la fachada de su rostro. Encontré a Pedro J. de la Peña, en la "Onomatopeya" atrevida y sinfónica, en la "Abolición" del verso más cautivador, en la "Hibernación" de su propia tarde de miedos autistas, en la "Fosforescencia" del doloroso cuerpo del poeta bajo la hierba."Sostengo la hipótesis de que nunca he nacido", me dijo nada más abrir sus páginas, a modo de conversación inicial con su propia existencia, sin embargo sostenía entre sus dedos un dorado bastón, sólido y presidencial, como si me advirtiera de un terrible viaje... Comenzó su vida y su escena prima recordándome la muerte, los paraísos del infierno ante el deshonor, la ausencia de la memoria del Lenguaje, los trabajos hostiles, ¿y para cuándo?, sus mismísimos zapatos a motor y carcajadas, los deprimentes compañeros de pluma que venden su mercancía a menor precio que una mujer sin concha, y a modo de inconfundible arena construyó entre mis dedos su propio laberinto, —susurrándome— (para no atenernos a engaños), que una tumba de versos no es más profunda que la que olvidamos al nacer.Imagen ilustrativa 1Sin embargo, su mejor escena estaba aún por llegar, al seguir avanzando por los silencios de sus páginas, encontré que la mayor de las verdades radicaba en la negación de la Luz. "Luz que ciega y maltrata"... donde las estrellas, al igual que las profundidades del poeta que se descubre durante las soledades de su inexistencia. Te miro, —querido poeta— y habría dado la plata de mis muñecas por ser cómplice del robo de tu gata. Tal vez una presa eterna para tus halcones piratas. Más aún, al final del escenario seguían corriendo los trenes de cien pasos a la par de un mismo sueño, porque sueño es la palabra del poeta a quien miro a los ojos en estos momentos. Enjuiciado, y le cantas al traidor, ¿a quién sino? En tu lluvia en Haití donde encontraste entre collares de corales y el hambre acuñada de belleza el recuerdo de tu infancia. Hielo. Hielo ante una vida que pasa a mejor vida en inmortal cuerpo helado. En tu tercera escena, hasta el frío protege las páginas de un verso de vidrio y aire en eterna conversa- ción con tus Mayores. Y mientras sigues en tu cúpula de extraños, los dedos de tus inviernos en rozamiento perpetuo de un seno aparecen por las esquinas de tu propia vida. Tal vez... ni acierte en recordar el nombre de aquel hotel en Oriente..., pero sigues, nombrándome las bondades del invierno del Príncipe de la Noche, a modo de revés o bofetada sobre los cuellos de todos los lectores casi diez años después... Y más me castiga El Padre y su Casa en total desacuerdo con los hermosos pájaros correteando por las esquinas de mi alma y de tu sangre, cuando supe que aquel sagrado laberinto herido con olor a hierbabuena y sudor de palomas igualmente se acercaban a mí, hablándome de las cerradas primaveras de castaños, frambuesas y cerezas serranas... Me pierdo, en este frío de páginas templarias a modo de yegua que se lleva en la boca un poco de pradera, el misterio y la vida. Pierdo la Noche y se la cedo al ganador de luces, al gladiador romano que nos batió en sueños en el templo de Júpiter. Hielo, sigue siendo hielo, la advertencia de los años dormidos...Cuarta escena, y de(s)apareces de los años noventa conservando tu chistera y sus secretos, aquel áureo bastón que le ganaste a la Vida a pesar de sus terribles fugas. Y conservo la imagen del traje negro iluminado de rojos en tu cuello de versos, sin embargo, insistes y me impones la sentencia de la búsqueda inútil atentando contra el viento y las palabras... "No intentes aplacarla (la Vida, se entiende), y menos con imágenes inútiles..."—así me dices— que Nadie nos sigue siempre a pesar de todas nuestras certezas. Fabricamos la esperanza en nuestros delirios, —insistes—, en los cuerpos en lucha contra el tiempo, pero suma y sigue hacia la muerte como río de paneles cayendo sobre el juego (—a modo de dominó—). Versos y más versos de tu boca, escupiendo la lenta transformación, sumiso diálogo del uno contra la otra, la manzana contra Cezzánne. Y a pesar de tus esfuerzos, —créeme— siempre sabré quién eres, a pesar de tus lombrices y tus cerrados ojos azules enmascarados de olvido. Más deseabas tener las manos llenas de disculpas ante tu asesino, que la propia muerte que te ofrecía el verdugo de versos, más abrazabas el deseo de aparecer por sus árboles frondosos, que morir sin alma a modo de piedra sin honor ni huella. No moriría nunca, era(mos) un mastín sin dueño al que la muerte ignora. Y sobre todos aquellos versos de contemplación, el miedo seguía existiendo sobre tus papeles, miedo de morir sin noche, el anhelo de un silencio que no termina de llegar rodando por las páginas, el silencio que nació conmigo, el mismo día y la misma noche, y que hoy decide perpetuarse en la página más abierta del tiempo y se adhiere al galope de tus versos de poeta. Familia fue y hermano sigue siendo, en la inmortal verdad de tus entrañas Hermano mío, tú que no existes... Pues me cierras, con herrumbre y dificultad, esta puerta de los años, así, calmo, quedando por siempre todo bajo tu chistera y tus infinitos ojos, como un trozo de cielo robado a los años, perpetuado en tu mirada. Así mis ojos te miraron mi señor de(S)aparecido del mundo, tras la puerta cerrada de tus años que impidieron salir de la Casa del Padre todas tus muertes... El nombre de la rosa tatuada en el madero de aquel hotel, sigue sin venir a mi memoria, pero de esta muerte aún conservo su recuerdo entre mis versos. Meses después comprendí la fortuna de aquel viaje, la casual suerte de invadir la Casa de Júpiter, todas las felices carcajadas en los zapatos, lo comprendí al tener entre mis manos el libro perdido de un dios "de(S)aparecido" por siempre de las tertulias de poetas de "moda". Imagen ilustrativa 2