Obra Literaria

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HELENA DE ESPARTA

Y EN EL CENTRO, LA P E R S O N A / Diálogo de la fotografía

▣ 2009◷ 3 min de lectura▤ Belén Juárez

Oscilan las horas de Menelao, como un tiempo de coordenadas elásticas atrapado entre los alborotados días de las tres coronas bien ganadas por el príncipe de Troya. Oscilan sus horas y los minutos como péndulos universales, por el tejido de la desdicha de un tiempo incapaz de definirse como Presente, Pasado o Futuro. Es el momento de los desposorios del rey de Esparta, donde el Presente –despiadado- improvisa la inocencia femenina, por ser Ella la más bella e inconsciente criatura del reino espartano. A su lado, Himero lo impregna sutilmente el vestido de deseo y pasión, decorándola de inmaculada belleza. Corona su mano derecha un ramo de encendidas pasiones, las que brotaron de la manzana de oro lanzada desde el Olimpo, rodando por el suelo hasta llegar gratuitamente a los pies de París. Ella, pues, será la Dama de la inflexión de la Historia, la llamaban Helena de Troya, sin embargo, ella nunca sospechó la sentencia de su destino incierto, el día de su boda.  Y dijo a su esposo: —El tiempo me venció con puños de plata. Sin vejez sobre mis años, —comprendí—, que el tiempo no derrota nuestros cuerpos, no declina hacia la muerte nuestras pasiones, mucho más nos castiga su presencia cuando nos revela la verdad de nuestro yerro. Y nuestra guerra, la que fue carne de la carne, ahora se extiende hacia el abismo al que invocas como extraña luciérnaga de mi pasado, con intensos ojos de lágrimas vencidas. Y eres 'el hombre del viento' al que amé desde mis vientres, al que amo desde mis palmas vegetales, eres la casa abierta donde fui hembra de ansiedad, feliz en la inocencia de los cortos días, como leño oloroso tras el fuego chispeante, eres mi leyenda la que nadie nunca pudo comprender. Me puede la templanza de la ley, me puede el rugir de tu ventura, me puede la puerta chirriante que siempre me abres al alba bajo el secreto de tu pan de nueces. Me pueden las aguas de mi libertad. La puerta, como el mar de mis espacios, diluida en este tiempo de extraños deseos...  Así pues, un día cualquiera sucedió que Helena desposó a Menelao, partiendo desde la casa blanca de sus antepasados, a favor de los deseos del Olimpo que todo lo improvisa y todo lo puede sobre los mortales.  «Oscilan las horas de Menelao como un tiempo de coordenadas elásticas, oscilan las horas blancas de todos los mortales hacia la incertidumbre de un tiempo para el amor llamado Dios...».
Ilustración de la sección 2