Hablemos del eclipse
Hablemos del Eclipse solar
Belén Juárez. 12 agosto 2026.
Es curioso cómo funcionamos los seres humanos. A veces me pregunto hasta qué punto hemos dejado aparcada nuestra capacidad crítica, nuestro sentido común, nuestras ganas de saber, nuestra curiosidad por el mundo que nos rodea y nos hemos echado en brazos del micropensamiento, de la noticia fácil, o simplemente de la comodidad automática del cerebro.
Comencemos por el principio: ¿Qué significa “eclipse”? Es un término que procedente del griego ekleipsis y que significa "abandono" o "desaparición", de tal forma que alude a esa sensación de desconcierto y temor que circundaban a las civilizaciones antiguas.
Si retrocedemos en la historia, advertiremos que los eclipses se han vivido siempre como mezcla de expectación, miedo, e incluso imaginación desbocada. Considerados como los soberanos del terror, la historia se halla impregnada de leyendas sobre la ira divina con hilos que entretejen presagios, amenazas, despecho, advertencias y la amarga penitencia de hombres y mujeres que debían saldar su culpa bajo el yugo divino, pues dioses eran los que debían gobernar el firmamento y la tierra desde la cumbre del cosmos.
Así, encontramos al desdichado lobo Sköll en la mitología nórdica, bestia salvaje y veloz que cuando lograba alcanzar al sol lo devoraba temporalmente sin piedad. Compañero de aventuras de otro lobo celestial llamado Hati, perseguidor de la luna; ambos eran acusados y responsables de las desgracias celestiales e históricas (como no podía ser de otro modo, dicho sea de paso). Cabe destacar que, para la cultura vikinga, estos eclipses anunciaban la llegada del fin del mundo: el Ragnarök o el destino de los dioses.
Otra alusión mítica a los eclipses la encontramos en la mitología hindú, como una feroz lucha entre dioses y demonios celestiales. Cuenta la leyenda que el demonio marino Rahu, ansioso por lograr el preciado triunfo sobre sus divinos enemigos, ambicionaba beber el néctar de la inmortalidad, el Amrita. Se disfrazó de dios sin contar con la atenta mirada del Sol y la Luna, responsables de la delación al dios Vishnu, quien lo decapitó nada más tocar el néctar su garganta. Sin embargo, se dice que no murió: su cabeza rueda desde entonces como un cuerpo celeste que persigue al Sol y a la Luna, devorándolos temporalmente y oscureciendo el cielo; pero estos logran siempre escapar a través de su cuello cercenado, haciendo triunfar la luz nuevamente sobre las sombras.
Para los aztecas, la crueldad legendaria alcanzaba de lleno a los humanos, pues sus miedos e incertidumbre frente a un frágil e infinito universo desembocaban en sacrificios humanos, en un intento de aplacar la ira divina y mantener el correcto equilibrio en el movimiento del Sol, Tonatiuh. La leyenda muestra un sol vulnerable, fácilmente atacable por demonios estelares esqueléticos que descendían y oscurecían el cielo. Necesaria era la práctica sacrificial de aquellas desdichadas víctimas, prisioneros de guerra entregados en ceremonia cantada como ofrenda de sangre, quienes lograban aplacar a aquellos perversos dioses que tanto intimidaban a los mortales de Mesoamérica. Dioses que finalmente se apiadaban de las mujeres embarazadas y de los hombres temblorosos y obedientes, haciendo nuevamente brillar el sol.
Nos remite la tradición del Lejano Oriente a una era en que los fenómenos astronómicos constituían una verdadera cuestión de soberanía. Sostenía la fe del vulgo que un dragón titánico serpenteaba por la bóveda celeste para devorar al astro rey, al que solo lograban arrancar de sus fauces tras un estruendoso clamor de tambores y lluvias de flechas enviadas a las alturas, quebrando así el silencio del firmamento. En tiempos de la dinastía Xia (aproximadamente en el siglo XXI a. C.), bajo el gobierno del emperador Zhong Kang, trágico fue el final de los astrólogos de la corte, Hsi y Ho, ajusticiados por su torpeza al no predecir a tiempo un evento de mayúscula importancia. Un vestigio de cómo los eclipses estremecían las estructuras de poder bajo el mandato del emperador, considerado el Hijo del Cielo, quien no podía permitirse el desconocimiento de cuándo iba a ocurrir un eclipse. Así eran las cosas.
Por último, y para no dilatar en exceso estas pinceladas históricas, haremos una breve alusión al felino celestial sagrado, el Choquechinchay —también llamado Puma de Oro o Jaguar Resplandeciente—, una de las deidades celestiales más interesantes de la cosmovisión andina, aunque la amenaza del eclipse también se le atribuía a la mítica serpiente Amaru. Dicta el mito que los eclipses eran atribuidos al enojo del dios Inti (el dios Sol), pero también eran el anuncio de la inminente muerte del gobernante. Para esquivar dicha cólera divina, y dado que no se podían evitar los eclipses, el pueblo entero se volcaba en rituales donde los gritos y los estruendos sobre vasijas de cobre y tambores trataban de ahuyentar al temido felino, espíritu protector o Apu de todos los animales cuadrúpedos, especialmente de los felinos. En el rito además participaban perros a los que se les incitaban a ladrar para esquivar las temidas fauces devoradoras del astro rey. Bellísima imagen histórica, evocadora de la unión de todo un pueblo abocado a la protección de su comunidad. Bien es cierto que los conquistadores posteriores, capitaneados por Francisco Pizarro, no dejaron títere con cabeza, ejecutando al gran Atahualpa un 26 de julio de 1533 d. C., y ya ni eclipses solares quedaron que ahuyentar.
Las connotaciones de antaño que rodearon a los eclipses solares de una cierta fascinación abarcaron desde los matices religiosos hasta un cierto oscurantismo anticientífico, que invitaba a dejar volar la imaginación hasta horizontes insospechados. Por suerte, desde finales del siglo XIX y ya entrado el siglo XX, se impuso un iniciático rigor científico que aparcó la irracional creencia sobre los eclipses, abriendo las puertas hacia ese despertar científico donde grandes autores, despojados de creencias estériles, tanto nos aportaron en sus laboratorios al aire libre de física y cosmología.
Por poner algunos ejemplos, cabe nombrar a Warren de la Rue (1815–1889), quien fotografió desde España, un 18 de julio de 1860, las lenguas de fuego del sol con su fotoheliógrafo: eran lanzas solares procedentes de la atmósfera solar. Jules Janssen (1824–1907) y Joseph Norman Lockyer (1836–1920) visualizaron casi simultáneamente con sus telescopios —uno desde la India y el otro desde Inglaterra— la luz que desprendían las protuberancias solares, descubriendo un nuevo elemento de la tabla periódica al que bautizaron como Helio, en honor al dios Sol. Charles Augustus Young (1834–1908), descubrió durante el eclipse de 1870 la «capa de inversión» de la atmósfera solar, es decir, cómo el espectro de absorción de la radiación solar alcanzaba un espectro de emisión diferente durante unos breves segundos: el «espectro relámpago» (flash spectrum), como lo denominó.
Ya en el siglo XX, Sir Arthur Eddington (1882–1944) y Frank Watson Dyson (1868–1939) protagonizaron uno de los avances científicos sobre eclipses más fascinantes de la historia: fue un 29 de mayo de 1919, durante dos expediciones científicas organizadas por la Real Sociedad de Astronomía de Londres a Sobral (Brasil) y a la Isla de Príncipe (Guinea Ecuatorial), cuando estos dos científicos confirmaron y demostraron la veracidad de la teoría de la relatividad de Albert Einstein tras medir la desviación de la luz de las estrellas lejanas al pasar cerca de la corona solar. Este hecho tuvo una relevancia mundial, elevando al científico alemán a los altares de la ciencia. Otros autores, como Bernard Lyot (1897–1952), inventor del coronógrafo (1930) logró estudiar los discos solares en cualquier momento sin esperar a que la luna se situara delante del sol; Sankar Swarup Bhatnagar (1894–1955) y sus coetáneos empezaron a utilizar radiotelescopios para observar las coronas solares con frecuencias de radio, demostrando durante los eclipses solares de 1947 y 1952 que la temperatura de la corona circundante del Sol era de más de un millón de grados Celsius, un descubrimiento que impactó y fue altamente aplaudido por la comunidad científica.
Muchos más han sido los acontecimientos sobre eclipses solares (pido disculpas por no atender en este texto a los eclipses lunares); muchos fueron los científicos y personajes de la historia y de la leyenda que han fascinado al mundo, pero no pretendo extenderme más.
No quiero terminar, sin embargo, sin recordar el eclipse de 1999. Hace ya algunos años, también en aquel agosto de 1999, los que ahora peinamos algunas —o muchas— canas vivimos otro eclipse solar. Lo experimentamos con gran expectación, como un fenómeno inusual lleno de curiosidad, fascinación y con aquella juventud nuestra de ojos que querían comerse el mundo. Se hicieron eco los periódicos locales y nacionales, los corrillos de vecinos y las tertulias de café bajo los sombreros panamá de aquellos señores de bigotes serios y perfectamente recortados.
Sin embargo, algo ha cambiado a día de hoy. Algo que a veces me entristece, pues en esta era de la suprainformación y de la excelencia en las comunicaciones, en ocasiones nos eclipsamos nosotros mismos con cierta —o mucha— torpeza. Hoy viviremos un nuevo eclipse solar; todos lo experimentaremos, unos con más intensidad y otros con naturalidad. Pero no quiero despedirme sin advertir que este fenómeno oscurecerá el sol durante poco más de un minuto, pero no debería desviar nuestra atención de asuntos infinitamente más importantes.
Un eclipse oscurecerá el sol, pero cabe preguntarse: ¿oscurece también un simple eclipse nuestro pensamiento y raciocinio? ¿Acaso desvía la atención de realidades actuales tan extremadamente graves como el hambre en Gaza o en tantos rincones de África; las bombas en Ucrania; las mafias pirómanas organizadas que devoran el mundo (que no nos vendan falsedades sobre «desgracias naturales», pues no representan ni el 1 %); los migrantes que se lanzan al mar en cualquier dirección buscando algo que comer; la vulgaridad del insulto y del chismorreo político; la era del «no» a cualquier propuesta sensata; la polarización política y social; la familia que se acaba de quedar sin casa bajo toneladas de escombros por un terremoto, el continuo maltrato animal (no me cuentes que la tauromaquia es arte, que la caza es necesaria o que los lobos son la amenaza de tus ovejas); el micropensamiento mediocre del vecino de la esquina, o esa adicción a la droga llamada «fiesta, fiesta y más fiesta, risa, risa y más risa» tras unos dientes amarillos de tabaco y alcohol duro?
La verdadera pregunta es: ¿seremos capaces de pensar en todo ello cuando el sol se oscurezca dentro de un rato? No me vengas con fascinación de eclipses, tal vez nuestro mayor eclipse lo tengamos bajo las neuronas.
Referencias:
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